Sobre la obra de Luis Sánchez Renero y Sánchez Arquitectos:

 

VICTOR JIMENEZ

 

“Los Sánchez”

 

1. Ya es común escuchar hoy que los figurones de la arquitectura rivalizan con los grandes modistos. La arquitectura parecería haber llegado puntual a la cita con el juego de palabras de Pierre Bourdieu en su ensayo “Alta cultura y alta costura”. Algunas ciudades anuncian sus Nouvel, Gehry o Foster como una señora lo haría con los Chanel, Armani o Gucci de su guardarropa. No tiene nada de extraño así que la crítica de arquitectura se aproxime cada vez más a la retórica de los cronistas de los desfiles de modas: se habla de arquitecturas “fluidas”, “liquidas” o “translucidas”, evocando alguna bata de seda; de edificios “irónicos” o “solemnes”, como si se tratase de trajes de noche, y de torres “nostálgicas” o “vertiginosas”, como si fueran escotes. Pero, sobre todo, la reseña de modas y la de arquitectura se rigen por un sistema relacional: todo se explica al interior de una red de referencias cruzadas dentro de una habitación cerrada: el museo de “Fulano” recuerda la biblioteca de “Zutano”, aunque “sin su ensimismamiento”, y aquel hotel de “Perengano” remite a la boutique de “Fulano”, cuyo “glamour explota irónicamente”…Cosas así leemos hoy. Y sobre todo, este sistema de reciprocidades nunca alude a nada ajeno a la retórica de la banalidad, convertida en su misma razón de ser. Ninguna referencia a la historia moderna ni a la genealogía de esa arquitectura fuera del recinto estrecho de los años recientes: todo ha nacido ayer y se desvanecerá mañana.

 

Así que ahora carecemos, más por pereza intelectual que por falta de alternativas, de un lenguaje que nos permita abordar la arquitectura desde una perspectiva que no sea insustancial. Intentar en este contexto recuperar una prosa analítica se ha vuelto un desafío, porque tampoco podemos regresar a la época en que todo era nuevo: Peter Collins sostenía que en sus primeras décadas de vida el Movimiento Moderno había gozado de una especie de amnistía crítica que le permitió, durante ese lapso, desarrollarse, crecer y madurar. De otra manera, pensaba Collins, podría haber muerto en la primera infancia. Quizá el historiador inglés no quiso admitir algo que también jugaba aquí un importante papel: el peso abrumador que tuvo igualmente el efecto de la novedad en aquella crítica, que apenas podía digerir, en su perplejidad, un flujo ininterrumpido de formas y razonamientos revolucionariamente originales.

 

Al no existir hoy aquella innovación radical hemos llegado a una basta meseta donde lo insólito no aparecerá ya con la frecuencia de los años heroicos, produciendo por una parte el efecto de la monotonía y por otro, para evitar esa impresión, la idea artificialmente introducida de que presenciamos una suerte de eclecticismo en la arquitectura de las últimas décadas, con una proliferación de propuestas que tardan más en aparecer que en esfumarse de nuestra memoria. Vinculada a esta ilusoria variedad tendríamos justamente el regreso del modelo de la reseña de modas a la crítica de la arquitectura, exactamente como ocurría (y Collins lo sabía mejor que nadie)  en el siglo XIX: hoy estamos, simplemente, ante algo muy viejo en arquitectura y que el Movimiento Moderno creyó haber superado: la moda. Walter Gropius supuso que la arquitectura dejaba atrás para siempre la servidumbre que le imponía el temible sustantivo, “estilo”, que había asolado el siglo XIX. Quizá estaba en lo correcto si hablamos de los cambios de importancia, pero no previó, tal vez, que se impondrían las “razones” de una sociedad que necesita demostrar, como lo advirtió Gilbert K. Chesterton, “un incansable poder de renovación, que renace con intervalos cortos y penetra hasta los más diminutos hechos del arte de construir o de las modas de vestir”. El escritor inglés, sin embargo, veía esto, en 1909 (en pleno auge del eclecticismo), como un rasgo positivo; hoy no estamos tan seguros de que las estrategias  de la sociedad de consumo sean muy saludables ni para la arquitectura ni para la sociedad misma

 

2. La arquitectura concebida para el consumo sobrevive hoy, día con día, a una especie de proceso de selección natural en el terreno, precisamente, de la moda, y esto sólo acentúa la sensación de aparición vertiginosa de unas formas cuyo común denominador es la facilidad con la que pueden ser reemplazadas. No es insólito que una oficina de arquitectura expire en cuanto muere el estilo sobre el que pudo ascender: agotados sus tics formales más característicos se apaga su existencia misma. Algunos arquitectos lo han comprendido así y renuevan completamente su repertorio cada lustro, por así decirlo: el que hacia tubos nos ofrece ahora paralelepípedos; el que era ortogonal explora hoy sólo líneas aleatorias. Y esto tampoco puede despertar la admiración de nadie.

 

Quizá por eso llaman nuestra atención aquellos despachos o arquitectos que mantienen cierta constancia en su repertorio a lo largo de los años: saben que para sobrevivir deben renovarse (y tienen que haberlo hecho o estarían muertos), pero lo consiguen sin bandazos ni travestismos espectaculares. Y este sería el caso de la oficina mexicana conocida como Sánchez Arquitectos o, simplemente, como todos les decimos, los Sánchez: apellidos de dos de un total de cinco socios (actualmente: los tres restantes se apellidan López, Mota y González), algo que también condiciona, al ser un grupo, sus estrategias de proyecto, como veremos.

 

Aparte (y a pesar) de los extremos exhibicionistas que las revistas de arquitectura alojan encantadas en sus páginas, para venderse y de paso contribuir a la confusión, la arquitectura que aún llamamos moderna (cercana a su primer siglo de existencia) ha sido capaz de mantener una indudable continuidad. Porque nadie puede negar que muchas obras de ese medio siglo que va de 1920 a 1970 se muestran hoy a nuestros ojos como absolutamente actuales y pueden convertirse con toda legitimidad en referencia obligada para cualquier arquitecto de nuestros días. Estamos simplemente frente a lo que Fernand Braudel llamaba la “larga duración”: aquello que permanece activo por más tiempo en la historia, por debajo de la capa de los acontecimientos de corta aparición, los únicos que ve el público. He escrito antes sobre esto, refiriéndome justamente al despacho de los Sánchez, cuya arquitectura relacionaba con el “núcleo resistente de la modernidad”. Aludo con ello a las fuerzas más consistentes de la arquitectura moderna, que pasan de una década a otra sin mengua de su capacidad generativa. Por ejemplo: cuando se ha experimentado con algún “salto atrás” en materia de historia (recordemos la extinta moda del postmodernismo), regresando a los lenguajes compositivos y decorativos previos a la modernidad, el fracaso ha sido total y ya nadie recuerda a las figura encumbradas de entonces: Moore, Graves, Bofill, los Krier… Primera lección: no hay “retornos” de la historia válidos en la arquitectura cuando se quiere llegar a algún momento previo al Movimiento Moderno. Podemos retomar soluciones, sí, pero sólo si provienen de las vanguardias antihistoricistas posteriores a 1920. Se podrá adoptar algo de las vanguardias que hayan florecido en las décadas de 1920 y posteriores sin riesgo de anacronismo porque estamos precisamente dentro del núcleo duro de la modernidad (que no es un eclecticismo). Y esto debe excluir, además, las resurrecciones decorativistas, neovernáculas o neohistoricistas (como las del art déco y el ya citado posmodernismo), ajenas a las vanguardias –aunque hayan sido sus contemporáneas- porque fueron una reacción contra ellas: es decir, movimientos que merecen cabalmente el calificativo de reaccionarios.

 

Algo similar ocurrirá muy probablemente con la descalificación a que ha sido sometida en los años recientes la necesidad de satisfacer racionalmente los requisitos de la función. La fascinación que hemos sentido por Gehry, Hadid y otros extremistas podría convertirse en repulsión en un escaso par de décadas. Los desafiantes falos de Nouvel y Foster en Barcelona y Londres podrían resultar también motivo de irrisión poco después. Y el núcleo resistente de la modernidad habrá sobrevivido, sin duda, como lo ha venido haciendo desde hace ya casi un siglo. Sería la apuesta más segura en el terreno de la selección natural de las especies arquitectónicas si no enfrentase el riesgo de la repetición y el aburrimiento. Sin embargo, la profundización en el núcleo de la modernidad está lejos de haber alcanzado el fondo, y no se ha agotado, por lo mismo, su capacidad de  renovación sin caer en la banalidad del mero revival.

 

3. Sospecho que los Sánchez (y López, Mota y González) han llegado a desarrollar un instinto para encontrar ese eje resistente por una suerte de convicción obligada. Son un equipo -que firma siempre sus obras corporativamente, aunque esto dificulte adentrarse en las autorías personales a quienes escribimos un texto como este-, y están por ende obligados a producir y sostener un lenguaje común. Imaginemos lo que vienen haciendo desde hace tantos años: discutir entre ellos (¿Cuál opinión pesa más?, ¿Quién advierte los riesgos de repetirse, o de perder el camino?), eternamente, sobre una línea de trabajo que pueda defenderse con buenos argumentos (quizá la discusión se da sin palabras, o indirectamente al hablar frente a los dibujos: no sabemos que tan rígidas son las jerarquías al interior de este equipo). Debe tenerla muy difícil, de cualquier manera, quien intente abogar siempre por la misma fórmula, sobre todo si la ha sostenido las diez últimas veces; pero igualmente le debe costar mucho a cualquiera de ellos proponer una innovación que los otros puedan considerar caprichosa: un simple bandazo para encaramarse a una nueva moda. No se les debe escapar que ambos extremos pueden dejar a su oficina fuera del juego en el mercado profesional.

 

La realidad es que hay una notable continuidad en los proyectos de sus últimos lustros. Pero, conscientes de los riesgos apuntados, incorporan aquí o allá alguna novedad a su propia tradición, de preferencia a pequeña escala, que a veces es sólo un guiño a la moda del momento. Pero también puede ser una exploración más decidida. Y sobre todo una profundización, operación que en su caso los lleva ya, últimamente, a una paradójica radicalización.

 

4. Veamos primero sus constantes de los últimos lustros: misma limpieza en las soluciones que recurren al acero como un artículo de fe, y cuya deuda con Augusto Álvarez nadie quiere ni necesita poner en duda. No sugerimos que sean los únicos “herederos” de Álvarez, pero sí están entre los más consecuentes. Podemos ver las fotografías de diez edificios suyos y cuesta trabajo a veces identificarlos de manera rápida (lo mismo ocurre con otros despachos, pero con los Sánchez podría ser más acentuado el efecto). Es común igualmente que privilegien el plano (o la superficie, últimamente también curva) sobre el volumen: tienen un adeudo muy grande con ese movimiento tan pocas veces identificado como una poderosa influencia en la arquitectura mexicana, que incluye entre sus beneficiarios nada menos que a Enrique del Moral, Luis Barragán, Francisco Artigas, Augusto Álvarez y Ramón Torres con Héctor Velázquez: el neoplasticismo holandés. Ahora bien: los tres últimos nombres de arquitectos mexicanos adquieren particular pertinencia tratándose de entender la genealogía de la obra de los Sánchez.

 

Así, los volúmenes de este grupo se resisten a presentarse como cajas cerradas, de aristas sólidas y tridimensionales: los planos evitan tocarse cuantas veces pueden hacerlo; se detienen antes del contacto (físico o aparente) y ostentan descaradamente su bidimensionalidad, deshaciendo el peso de todos los cuerpos que deberían encerrar y sugiriendo con frecuencia una inmaterialidad que desafía nuestro sentido de la solidez que debe caracterizar a la arquitectura, al menos en ciertos casos. Parecería que los cristales de los Sánchez tienen sobre todo la misión suprema de desmaterializar lo que no tiene más remedio que permanecer cerrado, eliminando tantas paredes opacas como sea posible: la ya mencionada referencia a Álvarez, pero en particular a Torres y Velázquez se vuelve aquí inevitable. Los parasoles o las persianas fijas (siempre abiertas y a veces sacrificando una temperatura controlable) parecen cumplir también con esa función de negar la contundencia de cualquier límite. Son comunes en los Sánchez los patios cubiertos con tragaluces, lo que los hace habitables en ciertas condiciones, pero la intención de convertirlos a veces en salas de estar puede ser excesiva. Parecería que esos patios y la total apertura de los lugares que dan hacia ellos nacieran de la ancestral seducción que han ejercido sobre la arquitectura moderna esas vistas ininterrumpidas entre un lugar y otro, sobre todo si son oblicuas (de arriba abajo o viceversa). Está presente la fascinación por la doble altura como recurso para la multiplicación de las apariencias posibles y como una forma de eliminar las fachadas  hacia esos patios, produciendo el efecto de que se contempla un corte en perspectiva, no dibujado sino contundentemente construido: algo que parece estar en los genes del Movimiento Moderno, a veces incluso contra toda lógica, y que constituye, por lo mismo, otro de los “motivos” de ese núcleo resistente de la modernidad que los Sánchez han incorporado como una de sus constantes.

 

5. Pero algunos rasgos aluden al momento en que los distintos proyectos fueron concebidos:  la Unidad de Posgrado del ITAM, por ejemplo, debe más que otros proyectos suyos a los devaneos del posmodernismo, sobre todo en el esquema compositivo neoacadémico (antes que en una decoración inexistente). Pero no hubo una continuidad en esta estrategia con los proyectos que vinieron después. En cambio, por esos mismos años sus edificios incorporan los ángulos oblicuos, y más recientemente las líneas curvas, como ocurre en Ámsterdam 121 o, con mayor contundencia, en la casa de Tel Aviv. Algo parecido puede decirse de las tiras de madera, para mencionar los detalles. Porque quizá no hay arquitectura que pueda mantenerse al margen de la seducción que ejercen ciertas novedades, aunque los Sánchez parecerían preferir incorporarlas desde cierta distancia que les permitirá deshacerse de ellas cuando sea preciso. Los paños de tiras de madera de Ámsterdam 121, de Citlaltépetl  o de las  casas de Edgar Allan Poe pueden servir como indicadores temporales, y nos queda la impresión de que podrían ser reemplazados por otros. Los Sánchez proceden por acumulaciones discretas y experimentales: incorporan estos o aquellos elementos que no desafían la resistencia del núcleo de la modernidad, que permanece ahí, listo para recibir otros marcadores temporales. Esto es a veces una prevención necesaria: las insinuaciones retro, confesadamente déco en Ámsterdam 120, no fueron afortunadas y tampoco estropean el conjunto. Y, sobre todo, pudieron abandonarse sin mayor problema en proyectos posteriores muy similares. Los indicadores de época parecerían alojarse siempre en los detalles, con la posible excepción del Posgrado del  ITAM.

 

6. una ventaja de proceder por acumulación de experiencias en aquello que es esencial (al margen de lo accesorio, que puede desaparecer en cualquier momento), como sabemos todos los arquitectos, es que se acumula una sabiduría práctica cuya sedimentación se refleja sobre todo en la calidad de los detalles. La limpieza de cualquier solución en los edificios de los Sánchez resiste un riguroso análisis y nos convence de que nada está insuficientemente resuelto. Nunca. Este virtuosismo nos permite incorporar refinamientos técnicos que sólo el observador experimentado esta en capacidad de percibir, como ocurre en el Instituto de Ingeniería de la UNAM, por ejemplo, o en las sedes de la Escuela Bancaria Comercial. La torre del Instituto en la Ciudad Universitaria es una de las pocas adiciones arquitectónicas afortunadas que el núcleo original de este conjunto ha recibido en las últimas décadas. Es evidente que se quiso evocar con la solución arquitectónica la naturaleza de la institución que alberga: estando destinada a explorar la innovación tecnológica no podía tener una sede que sugiriese otra cosa. La “máquina” high tech, tantas veces presente en edificios destinados a cualquier cosa, podría ser aquí más pertinente que en otros casos. La atención del observador, como dijimos, es conducida al refinamiento de los detalles antes que a un alarde escenográfico de inspiración tecnológica. Podemos agregar aquí, igualmente, la Estación de Transferencia Zaragoza, de tan extraordinaria ligereza y luminosidad. Y cito estos ejemplos porque se trata de edificios cuyos clientes deben valorar, sobre todas las cosas, las virtudes prácticas de los mismos. Adecuar el paso propio a lo que permite la innovación tecnológica ha sido para los Sánchez, a la larga, una manera válida de mantenerse en la vanguardia real, no aparente. Si esto fuese cierto, y probablemente lo es, los edificios de gran refinamiento técnico mencionados aquí podrán enfrentar el paso del tiempo con una solvencia que va asociada a su prudencia y aversión por el exhibicionismo. Cumplen con lo que sus autores persiguen conscientemente, lo que no es poco mérito. Otra cosa es que estemos de acuerdo con lo que se han propuesto, pero en sus propios términos cuesta trabajo hablar de una insuficiencia en los resultados. El problema que podrían enfrentar los Sánchez estaría en otra dirección: en el temor a correr riesgos, por ejemplo.

 

Sin embargo, dentro de sus propios términos y de manera quizá inesperada, los Sánchez arriesgan a veces más de lo que pensaríamos y obtienen resultados sorprendentes: los conjuntos de Edgar Allan Poe 219, Tabasco 93 y Lafontaine 19, por ejemplo, pueden verse como esculturas hechas por un Rietveld de nuestros días, con planos desplegados de manera autónoma frente a nuestros ojos y articulados en el límite mismo de la inmaterialidad. Se trata del mismo lenguaje que han desarrollado durante años, llevado ahora al extremo. Una vuelta de tuerca cuando ya no parecía posible darla. Es lo que arriba he llamado una profundización, que en su caso implica una paradójica radicalización, ya que ocurre en un territorio acotado por la moderación.

 

Los interiores con una blancura a lo Meier en los primeros casos citados, o con una audaz experimentación cromática (que estamos más acostumbrados a asociar con Legorreta) en el tercero, sorprenden por la extremada depuración a que han sido llevados. Los exteriores de una engañosa simplicidad evidencian a la segunda mirada un virtuosismo difícil de superar. Son esculturas de geometría depurada y lo etéreo no sugiere fragilidad, sino ligereza y transparencia desafiantes. Se trata de obras de madurez que rozan el borde de la perfección en el camino mejor conocido por sus autores.

 

Como estamos en un terreno firme no necesitamos torturar el lenguaje de la crítica de la arquitectura para hablar de estas obras. Está ausente en ellas la moda y podemos ahorrarnos así las metáforas que sugieran prendas de vestir y no edificios. Es posible, pues, proceder filológicamente, como ya hemos adelantado, y vincular la obra de madurez de los Sánchez, López, Mota y González a lo que puede ofrecer la tradición de la modernidad en la arquitectura internacional y mexicana. Aparecen aquí los nombres de Rietveld, Álvarez, Torres y Velázquez como legítimos antecesores de una manera particular de concebir la arquitectura moderna. ¿En qué consiste esta versión? En la depuración de las superficies que encierran sin límites precisos unos volúmenes mediante un ensamblaje de pisos, muros y ventanas que multiplica el efecto de indeterminación gracias a la transparencia, tersura y reflectividad de unos materiales elegidos con conocimiento de causa. El resultado atrapa con maña el interés del observador, que no puede evitar el impulso de descifrar el acertijo que tiene frente a los ojos. Esto podría producir desasosiego, pero resulta compensado (equilibrado, sería mejor decir) por la extrema racionalidad y lógica constructiva que preside la razón de ser y la articulación de todas estas formas.  No siempre encontramos las soluciones que esperaríamos (aquellas a las que estamos acostumbrados), pero las que vemos son perfectamente lógicas, aunque hubiesen retado nuestras expectativas. Hay una prosa arquitectónica de gran nivel aquí, que alcanza en ocasiones un punto de poesía, que era lo que Bruno Zevi reconocía como el valor de la arquitectura del neoplasticismo. De esta manera, y mediante la historia, ratificamos que la modernidad arquitectónica continúa su camino, su resistente duración, al acercarse a su primer siglo de existencia.

 

7. Pero también se han asomado los Sánchez a otras posibilidades, cuando –podemos suponer- las condiciones así lo exigen. Se trata de aquellas obras en que la modernidad se aproxima a las soluciones más comunes de la arquitectura contemporánea en México, y aquí tocan quizá las puertas de Enrique del Moral o Luis Barragán, como tantos en nuestro país. Recurren a los muros con aplanados de colores y otros materiales pétreos, o de madera. No lo hacen mal, siempre buscando la cercanía con su propio lenguaje tecnologizado. Es el caso de la residencia de la pintora no identificada o la de Garzas, en San Miguel de Allende, por citar sólo estos dos ejemplos. Cercanas a estas circunstancias podrían ubicarse las combinaciones de vieja arquitectura y nuevas extensiones que han conseguido en las dos oficinas de la calle de Flora, o en la casa de la calle de Guanajuato.

 

Un caso aparte, pero aún dentro de este género, sería el de la residencia de Tel Aviv, donde el predominio de los muros aplanados, así como la presencia de persianas exteriores de madera, podrían haber empujado peligrosamente la solución del lado de una tradición cómoda. Pero la envolvente básica, un muro ciego que recorre en planta un enorme arco de círculo –que casi constituye todo el perímetro de la vivienda- , ubica a este proyecto en otro registro, más cercano a una vanguardia reciente y un tanto escenográfica: no obstante, se ha corrido un riesgo y nadie debería criticarlos demasiado por ello.

 

Autor:

Víctor Jiménez

Publicado en:

Sánchez Arquitectos y Asociados, Catálogos de Arquitectura Mexicana, Barcelona, 1995, Ediciones G..Gili, S.A. de C.V,. págs 172-180

 

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